Por Arabella Martínez Flórez

El suelo árido de algún lugar de Afganistán es sacudido por las rondas infantiles, colores con carcajadas de niños se esparcen en el transitar del viento seco. Empero, los sueños de millares de niñas son quebrados en el piso como el caer de un cristal en el cemento.

Es difícil creer en prácticas consuetudinarias que avalan sutilmente, la venta de infantes bajo la figura funesta de “matrimonio infantil”, cuando esto es más compatible con pedofilia y trata de personas. Por medio de ella, en muchas provincias afganas, familias aspiran aliviar las afugias económicas, asegurar un pan en la mesa y proteger falsamente a la menor vendida. Existe una pugna entre un marco legal y la fuerza de la costumbre, esta última en el contexto de los beneficios de la dote de la “novia infantil”. De nada valen las súplicas, el llanto de las pequeñas a sus padres; son entregadas a una condena.
Por otra parte, en Camboya (Asia), año 2.013, CNN en español:
“Cuando una familia pobre de Camboya cayó en las garras de los usureros, la madre le pidió a su hija menor que buscara un empleo, pero no se trataba de un empleo cualquiera”.
“Llevaron al hospital a la niña, de nombre Kieu, para que un médico la examinara y emitiera un «certificado de virginidad». Luego la condujeron a un hotel, en donde un hombre la violó durante dos días. Kieu tenía 12 años”.
Ahora bien, en el año 2.019 el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), publica unas estadísticas en su página que son realmente abrumadoras:
12 millones de niñas menores de 18 años se casan cada año.
En África Subsahariana, el 37% de las mujeres se han casado durante su infancia.
A nivel mundial se estima que el 21% de las adolescentes se han casado antes de cumplir los 18 años.
Asimismo, en una gran parte del mundo el matrimonio infantil es una violación a los derechos humanos, aumentando el índice de pobreza, la violencia intrafamiliar, atentado a la salud física y mental, a la educación; un sinnúmero de repercusiones negativas a nivel individual y naturalmente social.
¿Qué sucede al respecto en el Caribe y América Latina?
En la Agenda de Desarrollo Mundial eliminar esta práctica se halla en los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Consecuentemente, sigamos revisando ítems dados por Unicef:

“Una de cada cuatro mujeres jóvenes en América Latina y el Caribe contrajo matrimonio por primera vez o mantenía una unión temprana antes de cumplir los 18 años. Frecuentemente, el matrimonio infantil en América Latina y el Caribe se ejerce de manera informal, así que, esto contribuye a un subregistro. No conforme con todo este desastre conductual, se estima que para el 2.030, los índices aumenten en Latinoamérica; quedando por detrás únicamente de África Subsahariana”.

Entre tanto, en República Dominicana el arte hizo un gran aporte para sensibilizar a la sociedad sobre este despropósito, teniendo presente, de que esa región geográfica tiene una de las tasas más elevadas de matrimonio infantil y uniones tempranas. Es así como, La peor novela, producto audiovisual; busca una conexión colectiva hacia lo reflexivo, y un llamado a los gobernantes a brindar mejores oportunidades a niños y adolescentes, sacarlos del espejismo al cual están sometidos, en donde la educación es eje fundamental para subsanar tantos agravios. La peor novela, ganadora de premios en Cannes, es una ventana a la reflexión y acción, muestra como una niña de 14 años es entregada por su madre a un hombre de 55 años y como el cinturón de miseria se expande.

Por lo que se refiere a Colombia, el Código Civil permite al grupo etario entre 14 y 18 años casarse contando con el permiso expreso de sus padres, vale la pena echar una revisión en esta materia. No obstante, existe el proyecto de ley, el cual contempla la prohibición absoluta del matrimonio infantil. Además, que el Gobierno Nacional articulado con Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF) y la Defensoría del Pueblo formulen, adopten, dirijan, coordinen, ejecuten y evalúen una política pública encaminada a disminuir los detonantes que llevan a los niños, niñas y jóvenes a este tipo de uniones; anotación hallada en la página de la Cámara de Representantes.

No obstante, la actual pandemia por covid-19 ha impactado a todos los puntos cardinales en las cifras de este fenómeno, así que; sobre la marcha, probablemente se irán trastocando las proyecciones estadísticas. En esta exploración de fuentes informativas nos tropezamos con títulos aterradores:
“Covid-19 duplica los matrimonios infantiles en zonas empobrecidas”.
“10 millones más de niñas corren el riesgo de contraer matrimonio infantil debido a covid-19”.
“Ser niña durante la pandemia: aumentan los casos de matrimonios infantiles, embarazos, violencia y mutilación genital”.
En suma, dimensionar la magnitud de esta problemática para el sentido común no es complejo, lo complejo es imaginarse que familias cedan a sus hijas como producto mercantil. La vida se fragmenta cuando se visibilizan los delitos sexuales y el espectro del maltrato infantil, detrás de estas aberraciones quedan aflicciones y cicatrices.

Igualmente, este tipo de “matrimonios” es una anulación a los derechos por una vida digna, no solamente en el ámbito físico, va más allá; una perturbación psicológica y espiritual, un asesinato a cada dimensión del ser. Sin duda alguna, como mundo tenemos una deuda infinita con la población infantil y adolescente, líderes políticos y cada habitante de una comunidad, ya que, en falencias sobre oportunidades educativas y laborales, vienen monstruos a ejercer violaciones. ¡Sí! Este tipo de conductas, en muchos casos, arraigadas en lo cultural, étnico, religioso, permeado por lo económico; es el disfraz de una atrocidad que desencadena un rosario de atrocidades, es sencillamente, la peor novela. ¡Es hora de cambiar el guion!