Por Arabella Martínez Flórez


La puerta del consultorio se abre antes de la hora programada para el inicio de la jornada, se tiene el computador encendido, utensilios y dispositivos médicos al alcance, todo preparado para él. A las 7:00 a.m. llega Camilo, menor de 14 años, buena actitud, con un vestuario cómodo, propio de su edad, acompañado de su padre; corrió el reloj, pasaron veinte minutos, sale del consultorio, se realizó con éxito lo pertinente. Llega el segundo paciente, Thiago, veintidós meses tiene, pero no el deseo de pasar el umbral de la puerta. La cara humedecida por las lágrimas, sus manos pequeñas apenas pueden agarrar a Spiderman, de pronto lo saludo y aumenta su temor, el llanto retumba en las paredes, le bailo, le canto y tomo una foto de su muñeco. Los grandes ojos café observan todas las direcciones, la abuela trata de sentarlo en su regazo, él se rehúsa, no me quita la mirada de encima. Por fin, gané su confianza, pasaron ocho minutos para poder persuadirlo y así escuchar el motivo de la consulta y la enfermedad actual narrada por el acompañante.

De esta manera, paso a paso se ejerce la relación médico- paciente en el ámbito pediátrico, los tiempos, aunque se quisiera, a veces no se pueden cumplir con exactitud. Las manecillas del reloj del infante se deben ajustar a su ritmo, él no entiende que son solamente veinte minutos que la normatividad en salud da al especialista para solventarle su eventualidad clínica; ese es su momento para lactar, dormir, comer o jugar. Es su momento para conversar, incluso.

Ahora bien, la humanidad siempre ha estado ligada al tiempo, hay una línea histórica que marca lo antiguo y lo contemporáneo, hay también un antes y un después de Cristo, hay seis días en Génesis marcando la creación y uno de descanso. Por tanto, el ejercicio galénico no es ajeno a la limitación del cronómetro. Asimismo, el poeta transforma el tiempo en versos atemporales, el arquitecto en planos, los niños, los niños en risas, helados y en el girar de las ruedas de una bicicleta sobre la humedad del suelo. El pediatra se ajusta y cumple con el requerimiento de la norma en consumar una consulta para un pequeño en veinte minutos, las situaciones clínicas que abordamos son variopintas, desde las menos a las más complejas. A esas que, en ocasiones lo que ameritan es un oído que escuche, no todo es físico, hay dolores en el alma, el pediatra está ahí dispuesto, uniendo sus conocimientos y su humanidad, brindando luces para alumbrar un camino, incorporándose en su otrora niñez, apoderándose de la empatía.

Por una parte, está la tecnología ayudando en la fluidez en los procesos, no siempre se comporta de esta manera, no en pocas ocasiones, la misma tecnología que nos ayuda, es un obstáculo cuando el sistema, por ejemplo, está lento o brilla con esas caídas magistrales e inesperadas. Por ende, sería bueno reevaluar el lapso para la consulta médica pediátrica. Ya que, no siempre veinte minutos alcanzan para persuadir, liberar de temores al niño, interrogar, examinar, concluir, explicar una fórmula, ofrecer puericultura, articular armoniosamente cada momento de verdad del consultorio con la cotidianidad del menor. Podría considerarse, que la relación entre médico, paciente y entorno familiar amerita un poco más de mil doscientos segundos.