Por Humberto Montero – hmontero@larazon.es
Que las cosas no sean blancas ni negras es la mayor falacia de todos los tiempos. La noche es oscura, por mucho que podamos alumbrarla de una y mil formas, y el día luminoso, aunque las nubes del Averno lo cubran por doquier. Por supuesto hay grises, pero que no se coma el gris nuestra existencia.
Quien se gana la vida vendiendo órganos o torturando y matando gente, traficando con drogas que arrasan las vidas de millones de jóvenes, con armas, los pederastas, los que trafican con seres humanos y los explotan laboral o sexualmente merecen el mayor de los castigos en función de la maldad cometida. Por eso no hay grises sobre lo que está ocurriendo en Venezuela. Tampoco sobre lo que lleva décadas pasando en Nicaragua o Cuba, en Corea del Norte, Vietnam o China.
Pero no todo consiste en clamar al cielo y escribir estas líneas denunciando mediaciones que no llegan a ninguna parte porque parten de la premisa de que ambas partes deben ceder, como acabo de leer en una entrevista al mediador brasileño Celso Amorim, quien tiene el cuajo de pedirle a la oposición más concesiones y critica que la Unión Europea reconociera en su momento a Guaidó como presidente, entre otras perlas que le desacreditan. Debemos actuar.
Porque cuando les pedimos a nuestros hijos que dejen las pantallas y agarren un libro, primero tienen que habernos visto con uno en la mano. Clamar contra las dictaduras y comprar “Made in China o Vietnam” porque “me sale más barato” es acercarnos a un mundo sin derechos laborales y políticos, donde nos ceban con piensos, coches y artilugios inservibles, pero nos cercenan la libertad y nos cauterizan el alma y el espíritu. Por eso debemos mirar las etiquetas y asegurarnos de que cuanto adquirimos tiene una “trazabilidad” social y política en la que se respetan los derechos humanos.